Comprender la transición de ADC: del impacto directo al cambio sistémico en la gobernanza tecnológica.
El tercer sector comprende un universo amplio y heterogéneo de organizaciones que, desde diferentes posiciones y con distintas estrategias, buscan producir transformaciones en las sociedades. Algunas intervienen directamente sobre las condiciones de vida de las personas, mediante la provisión de servicios, asistencia, acompañamiento o programas territoriales. Otras buscan incidir sobre las condiciones institucionales, sociales, culturales, económicas y políticas que configuran las problemáticas que afectan a las personas y las comunidades: desarrollan conocimiento, fortalecen capacidades, articulan actores, inciden en políticas públicas, transforman instituciones o participan en procesos de construcción de agendas y normas.
Estas diferencias no son meramente operativas sino que expresan distintas formas de intervenir sobre los procesos mediante los cuales las sociedades identifican problemas, construyen conocimiento, toman decisiones, distribuyen poder y recursos y establecen las reglas que organizan la vida colectiva.
Una organización puede intervenir sobre las consecuencias inmediatas de una situación determinada; otra, sobre las capacidades de quienes deben abordarla; otra, sobre las instituciones y relaciones que contribuyen a reproducirla; y otra, sobre las normas, estructuras, conocimientos o mecanismos de decisión que configuran las condiciones en las que esas situaciones se producen. En muchos casos, estos modelos se complementan y forman parte de procesos más amplios de transformación social.
El pensamiento sistémico permite comprender esta diversidad de intervenciones atendiendo a los distintos sistemas que estructuran una sociedad y a las relaciones que existen entre ellos. Desde esta perspectiva, las transformaciones no se producen únicamente cuando se genera un resultado observable. También pueden producirse cuando cambian las relaciones entre actores, los flujos de información y conocimiento, las capacidades disponibles, las reglas, los incentivos, las estructuras de poder o los marcos desde los cuales se interpreta y aborda determinados problemas. La relevancia de una intervención depende, entre otras cosas, del lugar que ocupa dentro de estos sistemas y de las condiciones que contribuye a modificar.
Es en este universo donde debe comprenderse la trayectoria de la Asociación por los Derechos Civiles.
Una organización de derechos civiles frente a un nuevo campo de acción
Desde su creación en 1995, ADC trabaja por la defensa de los derechos civiles, las libertades fundamentales y el fortalecimiento de la democracia. Su mandato histórico se desarrolló en torno a las instituciones, las normas y las prácticas que hacen posible el ejercicio efectivo de esos derechos.
Pero las condiciones en las que las personas ejercen sus derechos han cambiado profundamente.
La expansión de las tecnologías digitales y emergentes no produjo solamente nuevas herramientas. Transformó las infraestructuras sobre las que se organiza una parte creciente de la vida social y desplazó algunas decisiones relevantes hacia nuevos espacios de poder.
Al mismo tiempo, las decisiones sobre estas tecnologías ya no se concentran exclusivamente en las instituciones tradicionales del Estado. Se distribuyen entre empresas, algunos gobiernos y organismos internacionales, comunidades técnicas y múltiples espacios de gobernanza nacional, regional y global.
Esto produce una transformación relevante para una organización de derechos civiles: el lugar donde se definen las condiciones para el ejercicio de los derechos se vuelve más amplio, más distribuido y atravesado por la tecnología.
La evolución de ADC hacia la gobernanza tecnológica debe entenderse en este contexto.
No se trata de abandonar una forma anterior de hacer promoción y defensa de derechos para convertirse en una organización tecnológica. Se trata de extender el mandato histórico de la organización hacia los nuevos espacios en los que ese mandato debe ser ejercido.
La pregunta ya no es solamente cómo proteger un derecho frente a una vulneración existente, sino también cómo intervenir en los procesos mediante los cuales se diseñan las tecnologías, se construyen las reglas que las gobiernan, se distribuyen las capacidades para decidir sobre ellas y se establecen los criterios que determinarán sus efectos sobre las sociedades.
En este sentido, la gobernanza tecnológica se convierte en un nuevo campo de defensa de derechos.
Del impacto directo al cambio sistémico
Esta evolución también implica modificar la manera de comprender el impacto. Una organización que interviene directamente puede observar cambios relativamente próximos o directos a su acción, una persona recibe asistencia, una comunidad accede a un servicio, un grupo desarrolla una capacidad determinada.
En el campo de la incidencia y la gobernanza, la relación entre intervención y transformación es más compleja. Las decisiones que afectan derechos y condiciones de vida son producidas por múltiples actores e instituciones, a través de procesos que se desarrollan en diferentes escalas y que están atravesados por intereses, capacidades, relaciones de poder y circunstancias que ninguna organización controla individualmente.
Por eso, el objetivo de ADC no puede definirse simplemente como “conseguir que una determinada propuesta legislativa sea aprobada”.
Su intervención busca modificar las condiciones que hacen posible determinadas decisiones de gobernanza tecnológica.
Esto es lo que permite hablar de cambio sistémico.
El cambio sistémico no debe entenderse como la capacidad de una organización para transformar por sí sola a sistemas completos. Se refiere a la capacidad de intervenir sobre algunos de los elementos que estructuran su funcionamiento, ya sea el conocimiento disponible, las relaciones entre actores, las capacidades existentes, los procesos de deliberación, los marcos de interpretación, las agendas, las reglas y/o los espacios donde se toman decisiones.
En este sentido, ADC busca contribuir a que los sistemas de gobernanza tecnológica sean más capaces de incorporar los derechos civiles, las libertades fundamentales y las perspectivas de las sociedades que se encuentran alcanzadas por esas transformaciones.
La unidad de análisis, entonces, cambia.
Ya no se trata solamente de observar qué produjo ADC, sino de comprender qué condiciones logró contribuir a modificar, qué capacidades colaboró en construir, qué procesos consiguió influenciar y qué transformaciones sistémicas fueron favorecidas por su intervención.
Tres dimensiones que conforman una misma capacidad de intervención
El modelo estratégico de ADC puede comprenderse a partir de tres dimensiones interdependientes: generación de conocimiento, construcción de comunidades de interés y diplomacia civil.
No son tres programas separados ni tres etapas sucesivas de una cadena. Son tres capacidades que se necesitan mutuamente y que, al interactuar, permiten a ADC intervenir sobre los sistemas de gobernanza complejos.
- Generación de conocimiento
La producción de conocimiento constituye una condición para intervenir en procesos de gobernanza tecnológica caracterizados por una alta complejidad técnica, jurídica, política y económica.
ADC desarrolla investigación y conocimiento aplicado para comprender problemas emergentes, identificar riesgos, analizar alternativas y aportar elementos que puedan ser utilizados en procesos de deliberación y toma de decisiones.
Pero el conocimiento no es un producto que circula en una sola dirección.
La investigación y el análisis se nutre de las experiencias, necesidades y preguntas que emergen de las comunidades de interés y de los espacios de incidencia. A su vez, los procesos de diplomacia civil generan nuevas preguntas, información y aprendizajes que pueden alimentar el trabajo intelectual.
El conocimiento es, por lo tanto, una capacidad de intervención y un proceso continuo.
- Construcción de comunidades de interés
Las comunidades de interés permiten construir relaciones, confianza y capacidades entre actores que poseen conocimientos, experiencias y posiciones diferentes respecto de la transformación tecnológica.
Su importancia reside precisamente en que la gobernanza tecnológica no se puede construir exclusivamente a partir de expertos o instituciones. Requiere incorporar experiencias situadas, perspectivas locales y conocimientos que habitualmente no circulan en los espacios donde se toman las decisiones.
Por eso, las comunidades cumplen una doble función:
Por un lado, alimentan el conocimiento, permitiendo identificar problemas y perspectivas que de otro modo podrían permanecer ausentes.
Por otro lado, fortalecen la capacidad de incidencia, porque amplían las redes, las alianzas y la legitimidad desde las cuales una organización puede participar en procesos de gobernanza.
Las comunidades de interés no son sólo, entonces, una audiencia del trabajo de la ADC sino una red de colaboración y replicabilidad del mismo. Son parte de la infraestructura desde la cual ADC conoce, aprende, articula e incide.
- Diplomacia civil
La diplomacia civil constituye la capacidad de conectar ese conocimiento y esas comunidades con los espacios donde se construyen agendas, estándares y decisiones.
Su función no consiste simplemente en representar una posición institucional. Consiste en articular actores, escalas y formas de conocimiento diferentes, creando condiciones para que perspectivas que podrían quedar fuera de determinados procesos de gobernanza puedan participar en ellos.
La diplomacia civil permite conectar experiencias nacionales y regionales con discusiones globales; conocimiento técnico con deliberación política; sociedad civil con instituciones; y necesidades concretas con procesos de construcción normativa.
Es también una forma de disputar asimetrías de representación y conocimiento en la gobernanza tecnológica internacional.
De esta manera, la diplomacia civil permite que aquello que se aprende y se construye en las comunidades pueda proyectarse hacia otros espacios, y que los aprendizajes de esos espacios regresen a la organización y a sus comunidades.
Una arquitectura que se retroalimenta
La relación entre las tres dimensiones puede entenderse como un sistema de retroalimentación.
Las comunidades generan preguntas, conocimientos y perspectivas que alimentan la investigación. La investigación produce evidencia y marcos que fortalecen las capacidades de las comunidades y aportan herramientas para la incidencia. La diplomacia civil lleva esas capacidades, conocimientos y perspectivas hacia espacios de decisión y gobernanza. La participación en estos espacios genera nuevas relaciones, aprendizajes y preguntas que vuelven a alimentar tanto el conocimiento como las comunidades.
Por eso, el modelo no puede representarse adecuadamente como una cadena lineal.
Es más apropiado imaginarlo como un circuito de conocimiento, articulación e incidencia, en el que cada dimensión aumenta la capacidad de las otras.
Los artefactos como infraestructura del modelo
Los artefactos estratégicos de ADC permiten que este circuito se vuelva operativo.
El Centro de Pensamiento y Acción, la Aceleradora para la Gobernanza Tecnológica Impulsada por los Derechos Civiles y los Grupos de Trabajo de Gobernanza Tecnológica y Diplomacia Civil no deben entenderse únicamente como programas o productos.
Son infraestructuras organizacionales que permiten articular las distintas capacidades de ADC (Plataformas).
En ellos se produce conocimiento, se desarrollan capacidades, se conectan actores, se experimentan soluciones, se construyen alianzas, se generan oportunidades de incidencia y se captura aprendizaje.
Su valor está precisamente en permitir que las tres dimensiones se encuentren.
El conocimiento puede convertirse en capacidad.
La capacidad puede convertirse en incidencia.
La incidencia puede producir nuevos aprendizajes.
Los aprendizajes pueden alimentar nuevamente el conocimiento y fortalecer las comunidades.
Los artefactos funcionan, por lo tanto, como mecanismos de circulación y acumulación de capacidad institucional.
Una nueva aproximación a la medición del impacto
Esta arquitectura tiene consecuencias directas sobre la forma de evaluar el trabajo de ADC.
Los indicadores tradicionales de intervención social continúan siendo útiles para determinadas dimensiones de la actividad organizacional, pero resultan insuficientes para capturar un modelo cuyo objetivo es intervenir sobre procesos de gobernanza complejos.
El desafío no consiste en abandonar la medición, sino en hacerla más sofisticada.
Además de medir actividades y productos, es necesario observar cambios en las condiciones que hacen posible la incidencia.
Esto implica desarrollar indicadores capaces de capturar, entre otras dimensiones:
cambios en el conocimiento: qué problemas fueron identificados, qué evidencia comenzó a circular y qué conocimiento fue utilizado en procesos de decisión;
cambios en las comunidades de interés: qué actores fueron incorporados, qué relaciones se construyeron, qué capacidades se fortalecieron y qué perspectivas previamente ausentes comenzaron a participar;
cambios en la capacidad de incidencia: qué espacios se abrieron, qué alianzas se construyeron, qué actores comenzaron a reconocer a ADC como interlocutor y qué capacidad tuvo la organización para intervenir en nuevas arenas;
cambios en los procesos de gobernanza: qué temas ingresaron en las agendas, qué alternativas fueron consideradas, qué criterios cambiaron y qué actores participaron en la deliberación;
cambios institucionales, regulatorios o normativos: qué políticas, normas, estándares, procedimientos o prácticas incorporaron criterios vinculados con derechos;
capacidad de anticipación: qué riesgos emergentes pudieron ser identificados antes de consolidarse y qué capacidades se desarrollaron para responder a ellos.
Estos indicadores no buscan construir una relación causal forzada entre una acción de ADC y un resultado que depende de múltiples factores. Buscan construir una hipótesis de contribución: una explicación fundada sobre cómo las capacidades, relaciones, conocimientos e intervenciones de ADC contribuyeron a producir determinados cambios dentro de un sistema más amplio.
Esto es especialmente importante en el trabajo de incidencia. El éxito no siempre consiste en lograr que una propuesta sea adoptada. También puede consistir en cambiar los términos de una discusión, incorporar una perspectiva que estaba ausente, evitar una decisión perjudicial, generar capacidades que permanezcan, abrir un espacio de participación o hacer visible un riesgo antes de que se transforme en daño.
La evaluación del impacto debe ser capaz de reconocer esas formas de transformación.
El propósito último
El objetivo de esta arquitectura no es la generación de conocimiento por sí misma, la construcción de comunidades por sí misma ni la participación en espacios internacionales por sí misma.
Todas estas capacidades están orientadas a una finalidad común:
contribuir a que las transformaciones tecnológicas sean gobernadas de manera compatible con los derechos civiles, las libertades fundamentales y la democracia.
Esto implica intervenir sobre las condiciones que determinan quién participa en las decisiones, qué conocimiento está disponible, qué alternativas son consideradas, qué riesgos se reconocen, qué responsabilidades se establecen y qué salvaguardas se incorporan.
Por eso, el impacto de ADC no se agota en aquello que la organización produce ni puede reducirse a las personas con las que tiene contacto directo.
Su impacto se encuentra también en las capacidades relacionales, conocimientos, procesos y decisiones que ayuda a transformar.
La evolución de ADC hacia la gobernanza tecnológica representa, en este sentido, una continuidad antes que una ruptura.
La organización sigue trabajando por los derechos civiles y la democracia.
Lo que ha cambiado es el terreno sobre el cual esos derechos deben ser promovidos y defendidos.
Y, a medida que ese terreno se vuelve digital, distribuido y global, también debe evolucionar la forma de intervenir sobre él y la forma de comprender y medir el impacto de esa intervención.
Comunicación e impacto, más allá de la difusión.
La evolución del modelo de intervención de ADC también implica una transformación en la manera de comprender el papel de la comunicación y su relación con el impacto institucional.
Históricamente, una parte importante de la comunicación de ADC fue predominantemente reactiva: acompañaba las investigaciones, actividades, posicionamientos y participaciones de la organización, y respondía a acontecimientos o debates que adquirían relevancia en la agenda pública. Esta forma de comunicación permitió dar visibilidad al trabajo institucional y sostener la presencia pública de ADC, pero tendía a organizar la agenda comunicacional a partir de aquello que sucedía fuera de la organización.
El ciclo estratégico 2025–2027 comienza a plantearse una evolución de esta lógica. La comunicación empieza a ser concebida como una capacidad integrada a la intervención y no únicamente como una instancia de difusión y posicionamiento. Esto no significa dejar de lado la sensibilidad frente a la coyuntura, sino procurar que esa respuesta pueda inscribirse en una agenda institucional propia y contribuir a procesos de incidencia de más largo plazo.
Este cambio resulta consistente con la nueva narrativa de impacto de ADC, ya que la comunicación puede constituir parte de las condiciones que permiten que las intervenciones tengan lugar y produzcan efectos.
La comunicación puede contribuir a que una problemática sea reconocida, a que determinadas dimensiones del problema sean comprendidas, a que conocimiento especializado circule entre actores que participan de una decisión, a que nuevas perspectivas sean incorporadas a una conversación, a que determinados conceptos o enfoques ingresen en debates específicos y a que una agenda pueda sostenerse más allá de una coyuntura específica.
Por eso, en el modelo de impacto de ADC, comunicar no equivale simplemente a aumentar la visibilidad de la organización. La pregunta relevante es qué puede cambiar a partir de la circulación de un conocimiento, de la apertura de una conversación o de la conexión entre determinados actores, y de qué manera esos cambios pueden contribuir a los procesos en los que ADC busca incidir.
La comunicación y los distintos niveles de intervención
Esta perspectiva adquiere especial importancia porque ADC no interviene en un único nivel ni frente a una única audiencia.
La narrativa de impacto distingue diferentes niveles de intervención: la generación y circulación de conocimiento; la construcción de comunidades de interés; la diplomacia civil; la incidencia y la participación en espacios donde se discuten estándares, procesos y prácticas vinculadas a la gobernanza tecnológica.
Cada uno de estos niveles tiene sus propias audiencias e interlocutores. Algunas comunidades pueden requerir conocimientos especializados; otras necesitan evidencia y argumentos que puedan incorporarse a decisiones concretas; otras, espacios de intercambio y articulación. Algunos interlocutores internacionales requieren perspectivas capaces de conectar las experiencias locales y situadas con debates globales y viceversa; así como la construcción de agenda involucra también a sectores y públicos más amplios.
Por lo tanto, la comunicación no puede pensarse como una única relación entre ADC y una audiencia o público general. Las audiencias son parte de la propia arquitectura de intervención. Cada audiencia ocupa posiciones diferentes dentro de los procesos en los que ADC busca incidir y, por lo tanto, puede requerir distintos conocimientos, formatos, lenguajes y formas de interacción.
Esto también permite comprender por qué un mismo conocimiento puede tener diferentes funciones. Una investigación puede servir como evidencia para un tomador de decisiones, como insumo para una comunidad especializada, como fuente para el sector privado, como herramienta de formación o como punto de partida para una conversación pública. Su impacto potencial no reside únicamente en cuántas personas acceden al contenido, sino también qué procesos puede alimentar y qué actores pueden utilizarlo.
Esta distinción es importante para evitar trasladar directamente métricas tradicionales de comunicación al modelo general de impacto de ADC.
El alcance, las visualizaciones, las publicaciones o el crecimiento de una audiencia pueden ofrecer información sobre la circulación de los contenidos, pero no necesariamente muestran si la comunicación contribuyó a modificar las condiciones en las que se desarrolla un proceso de incidencia.
En una organización cuyo impacto es predominantemente sistémico resulta necesario observar también otros posibles cambios: si una problemática logra instalarse en una discusión relevante; si una perspectiva antes ausente comienza a ser considerada; si conceptos desarrollados por ADC son incorporados por otros actores; si un conocimiento producido por la organización es utilizado en procesos regulatorios o institucionales; si una conversación conecta actores que antes no estaban vinculados; si una comunidad adquiere mayor capacidad para participar de una discusión; o si una coyuntura permite introducir una problemática de largo plazo en una agenda de decisión.
Esta perspectiva resulta consistente con el enfoque general de medición de impacto que requiere la organización: no solamente registrar productos y actividades, sino identificar cambios en las condiciones, relaciones, capacidades, procesos y decisiones a los que ADC pudo haber contribuido.
Una nueva agenda comunicacional en el ciclo 2025–2027
En este marco, la ADC está comenzando a incorporar preguntas comunicacionales desde la planificación de sus intervenciones. Entre ellas:
- ¿Qué dimensión de una problemática necesitamos contribuir a hacer visible o comprensible?
- ¿Qué conocimiento necesitamos poner en circulación y con qué propósito?
- ¿Qué actores necesitan acceder a ese conocimiento para que pueda contribuir a un proceso de incidencia?
- ¿Qué conversación necesitamos abrir, profundizar o sostener?
- ¿Qué audiencia es relevante para cada nivel de intervención?
- ¿Qué lenguaje, formato y canal son adecuados para esa audiencia y para el objetivo buscado?
- ¿Cómo puede una intervención comunicacional conectar una acción puntual con una agenda institucional de más largo plazo?
- ¿Cómo puede una oportunidad coyuntural contribuir a avanzar sobre una conversación que ADC considera estratégicamente relevante?
- ¿Qué aprendizajes derivados de esa comunicación pueden retroalimentar el conocimiento, las comunidades o las estrategias de incidencia?
Estas preguntas no constituyen todavía un modelo completamente cerrado. Forman parte de una capacidad que ADC está comenzando a desarrollar en el marco de su planificación estratégica 2025–2027.
El cambio supone, fundamentalmente, pasar de una lógica en la que la comunicación acompaña aquello que la organización hace hacia una lógica en la que la comunicación también es pensada como parte de aquello que la organización hace para incidir.
Una arquitectura comunicacional coherente con la estrategia
Esta evolución también se expresa en la revisión de los canales de comunicación de ADC.
La actualización reciente del sitio web forma parte de este proceso y permite fortalecerlo como espacio institucional de referencia: un lugar donde el conocimiento producido por ADC puede organizarse, contextualizarse y permanecer disponible, y donde puede construirse una narrativa institucional acumulativa sobre sus agendas, investigaciones, comunidades e intervenciones.
En paralelo, ADC está comenzando a concentrar su presencia en redes sociales, priorizando LinkedIn y YouTube y reduciendo la dispersión en múltiples plataformas. Esta decisión busca generar mayor coherencia entre los objetivos de comunicación, las audiencias prioritarias y las funciones de cada canal.
La concentración de canales no implica simplemente “publicar en menos lugares”. Supone reconocer que diferentes espacios cumplen distintas funciones dentro de la estrategia. El sitio web permite construir una infraestructura institucional de largo plazo; LinkedIn favorece la circulación y la interacción con comunidades profesionales, institucionales y especializadas; y YouTube permite desarrollar conversaciones en otros lenguajes como el audiovisual .
De este modo, la arquitectura de canales comienza a responder a la lógica de intervención, no todas las intervenciones tienen las mismas audiencias, no todas las audiencias necesitan lo mismo y no todos los contenidos tienen la misma función dentro de un proceso de incidencia.
Comunicación como capacidad transversal
En el modelo general de ADC, la comunicación no constituye una cuarta dimensión equivalente a generación de conocimiento, comunidades de interés y diplomacia civil. Es una capacidad transversal que permite fortalecer la relación entre ellas.
El conocimiento proporciona evidencia, conceptos y herramientas para comprender e intervenir. Las comunidades aportan experiencias, perspectivas, relaciones, legitimidad y nuevas preguntas. La diplomacia civil conecta esos conocimientos y experiencias con actores y espacios de deliberación y decisión en diferentes escalas. La comunicación permite que esos elementos circulen, encuentren interlocutores, abran conversaciones y se acumulen en una agenda institucional.
Así, la transformación comunicacional que ADC comenzó a desplegar durante el ciclo 2025–2027 es parte de una transformación más amplia de su modelo de intervención.

